Nueve años, dos guerras, cientos de miles de muertos y nada aprendido

¿Acaso el 11 de
septiembre nos vuelve locos a todos? Nuestra conmemoración de los inocentes que
murieron hace nueve años ha sido un holocausto de fuego y sangre… ¿Acaso el 11 de septiembre nos volvió locos a todos?
¡Qué ajustado (en una extraña, alocada manera) que la apoteosis de esa
tormenta de fuego iniciada hace nueve años tenga que ser la de un predicador desquiciado
amenazando con otra tormenta de fuego; o la de una quema estilo nazi del Corán;
o la de la edificación de una supuesta mezquita a dos cuadras de “zona cero”!
Como si el 11-S hubiera sido una arremetida sobre cristianos adoradores de
Jesús, en vez de sobre el occidente ateo.
¿Pero por qué deberíamos estar sorprendidos? Nada más miren a esos otros desquiciados
que eclosionaron con las secuelas de esos crímenes de lesa humanidad: el
medio-enloquecido Admadineyad, el insoportable Gadafi post-Guerra Fría,
Blair con su alocado ojo derecho y George W Bush con sus prisiones y torturas
“en negro” y su lunática “guerra al terror”, y ese espantoso hombre que vivió
(o vive todavía) en una cueva afgana, y los cientos de “al-qaedas” que él creó,
y el Mulá tuerto, sin mencionar los canas lunáticos, las agencias de
inteligencia y los matones de la
CIA que nos han fallado –completamente- el 11 de septiembre
porque estaban demasiado inactivos o demasiado estúpidos como para identificar
a 19 hombres que iban a atacar a los EE.UU.
Recuerden una cosa: incluso si el Reverendo Terry Jones mantiene su decisión de
retroceder, algún otro de nuestros chiflados va a estar listo para tomar su
lugar.
Ciertamente, en este sombrío noveno aniversario (y que el cielo nos libre el
año que viene del décimo), el 11-S parece haber producido no paz, o justicia o
democracia, o derechos humanos… sino monstruos. Estos monstruos han merodeado
por Iraq (tanto la especie occidental como la variedad local) y han masacrado
100.000 almas, o 500.000, o un millón, y… ¿a quién le importa? Han matado
decenas de miles en Afganistán, ¿y a quién le importa?
Y a medida que la enfermedad se extendía a lo largo de Oriente Medio y luego a
lo largo del globo, ellos (los pilotos de la fuerza aérea y los insurgentes,
los marines y los suicidas con bombas, los al-Qaedas del Magreb y los de Jalij,
los del califato de Iraq y los de las fuerzas especiales, los muchachos
del apoyo aéreo táctico y los degolladores) han arrancado las cabezas de
mujeres y niños, de viejos y enfermos, de jóvenes y sanos, desde el Índico al
Mediterráneo, desde Bali al subte de Londres. ¡Vaya un memorial para los 2.966
inocentes que perecieron hace nueve años! Hecha en nombre de ellos, aparentemente,
ha sido nuestra ofrenda de holocausto de fuego y sangre, sacralizada ahora por
el demente pastor de Gainsville.
Ésta es la pérdida, por supuesto. ¿Pero quién ha sacado la ganancia?
Bueno, los vendedores de armas, naturalmente. Y también Boeing y Lockheed
Martin y todos los muchachos fabricantes de misiles y “drones”
(aviones no tripulados) y las plantas de fabricación de repuestos de F-16 y los
despiadados mercenarios que acechan las tierras musulmanas en nuestro nombre
ahora que hemos creado 100.000 enemigos más por cada uno de los 19 asesinos del
11-S.
Los torturadores la pasaron bien, puliendo su sadismo en las prisiones ilegales
de EE.UU (sería apropiado que el centro de tortura de EE.UU en Polonia se
revelase en este noveno aniversario), y también lo hicieron los hombres (y las
mujeres, me temo) que perfeccionaron los grillos y las técnicas de “submarino”
con las que ahora peleamos nuestras guerras. Y (no nos olvidemos), cada
religioso delirante en el mundo, sea de la variedad Bin Laden, los groupies
barbudos del Talibán, los verdugos suicidas, los predicadores “mano de garfio”,
o nuestro propio pastor de Gainsville.
¿Y Dios? ¿Dónde encaja? Un archivo de citas sugiere que casi todo monstruo
creado en o después del 11-S es un seguidor de este redentor quijotesco. Bin
Laden reza a Dios…”para convertir a EE.UU. en una sombra del mismo”, como me
dijo en 1997. Y Bush le rezó a Dios y Blair le rezó (y reza) a Dios, y todos
los asesinos musulmanes y una enorme cantidad de soldados occidentales, y el (honorario)
Doctor Pastor Terry Jones y su treintena (o tal vez cincuentena, ya que las
estadísticas son difíciles de obtener en la “guerra al terror”) le rezan a
Dios.
Y el pobre Dios, por supuesto, tiene que escuchar estas oraciones ya que Él
siempre está sentado entre ellos durante nuestras guerras demenciales. Recuerdo
las palabras atribuidas a Él por un poeta de otra generación: “Dios esto, Dios
aquello, Dios lo otro. ¡Dios santo!, dijo Dios. ¡cuánto trabajo!.
Y eso que era sólo era la Primera Guerra Mundial…
Hace apenas cinco años -en el cuarto aniversario de los ataques a las Torres
Gemelas/Pentágono/Pennsylvania- una niña de una escuela me preguntó en una
conferencia dictada en una iglesia en Belfast si acaso el Medio Oriente se
beneficiaría de más religión. ¡No! ¡Menos religión!, aullé como repuesta. Dios
es bueno para contemplación, no para la guerra. Pero (y acá es donde nos
conducen a los acantilados y rocas ocultas que nuestros líderes quieren que
ignoremos, olvidemos y abandonemos) todo este lío de mierda involucra al Medio
Oriente. Se trata de pueblos musulmanes que han conservado su fe mientras esos
occidentales que los dominan (militar, económica, cultural y socialmente) han
perdido la de ellos.
¿Cómo puede ser? Se preguntan los musulmanes. Ciertamente; es una excelente
ironía que el Reverendo Jones sea creyente, mientras que el resto de nosotros
–por lejos- no lo somos. De allí que nuestros libros y nuestras documentales
nunca se refieren a musulmanes contra cristianos, sino a musulmanes contra
“Occidente”.
Y por supuesto, el tema tabú del que no debemos hablar -la relación de Israel
con EE.UU, y el apoyo incondicional de los EE.UU. al robo de tierras musulmanas
por parte de Israel- yace en el corazón de esta crisis terrible en nuestras vidas.
En la edición de ayer del The Independent había una fotografía de
manifestantes afganos cantando la consigna “muerte a EE.UU.”
Pero al fondo de la foto se ve a los mismos manifestantes con una pancarta
negra con un mensaje escrito en lengua Dari con pintura blanca. Lo que
realmente decía era: “El gobierno del régimen sionista chupasangre y los
líderes occidentales que son indiferentes [al sufrimiento] y no tienen
conciencia, están celebrando el nuevo año derramando la roja sangre de los
palestinos”.
El mensaje es tan extremista como vicioso; pero prueba una vez más que la
guerra en la que estamos enfrascados es también sobre Israel y “Palestina”.
Nosotros podemos preferir ignorar esto en “Occidente”, donde supuestamente los
musulmanes “nos odian por lo que somos” u “odian nuestra democracia” (ver
Bush, Blair y otros políticos mendaces), pero este gran conflicto yace en el
corazón de la “guerra al terror”. Es por eso que el igualmente vicioso Bejamin
Netanyahu reaccionó a las atrocidades del 11-S declarando que el evento sería
bueno para Israel. Israel sería ahora capaz de declarar que ellos, también,
estaban peleando la “guerra al terror”; que Arafat (éste era el reclamo del
ahora comatoso Ariel Sharón) es “nuestro Bin Laden”. Y así los israelíes tuvieron
el estómago de reclamar que la ciudad de Sderot –bajo su cascada de
misiles de hojalata de Hamás- era “nuestra zona cero”.
No lo era. La batalla de Israel contra los palestinos es una horrible
caricatura de nuestra “guerra al terror”, en la que se supone que nosotros
tenemos que apoyar al último proyecto colonial en la tierra (y aceptar sus
miles de víctimas) porque las torres gemelas y el Pentágono y el vuelo 93 de
United fueron atacados por 19 árabes hace nueve años. Hay una suprema ironía en
el hecho de que un resultado directo del 11-S haya sido la corriente de
policías y “tabicados” (agentes encubiertos) occidentales que han viajado a
Israel para mejorar sus “especialidades anti-terroristas” con la ayuda de
oficiales israelíes que podrían –de acuerdo a las Naciones Unidas- ser
criminales de guerra. No fue una sorpresa encontrar que los héroes que
dispararon contra el pobre Jean Charles de Menezes en el subterráneo londinense
en 2005 hayan recibido asesoramiento “antiterrorista” de los israelíes.
Y sí, conozco los argumentos. No podemos comparar la acción de malvados
terroristas con el valor de nuestros jóvenes hombres y mujeres que defienden
nuestras vidas –y sacrifican las suyas- en la línea del frente de la “guerra al
terror”. Pero sabemos que vamos a matar inocentes; nosotros aceptamos de buena
gana que vamos a matar inocentes, que nuestras acciones van a crear tumbas
masivas con familias, con los pobres, los débiles y los desposeídos.
Por esta razón hemos creado la obscena definición de “daños colaterales”. Como
“colateral” significa que estas víctimas son inocentes, entonces “colateral”
significa también que somos inocentes de sus muertes. No era nuestro deseo
matarlos, incluso si sabíamos que era inevitable que lo hiciéramos. “Colateral”
es nuestro eximente. Esta palabra es la diferencia entre “nosotros” y “ellos”;
entre nuestro Derecho Divino a matar y el Derecho Divino de Bin Laden a
asesinar. Las víctimas, escondidas de la vista como cadáveres “colaterales”, ya
no cuentan más porque fueron masacradas por nosotros. Tal vez no fue tan
doloroso. Tal vez morir por un avión no-tripulado es una partida más suave de
este mundo; un descuartizamiento causado por un misil aire-tierra modelo AGM-114C fabricado por
Boeing-Lockheed es menos doloroso que una muerte causada por los fragmentos de
una mina improvisada en el camino o por un cruel suicida con un cinturón de
explosivos.
Por eso sabemos cuántos murieron el 11-S: 2.966 (aunque el número puede ser
mayor), y por qué no hacemos “cuenteo de cuerpos” de aquéllos a quienes
matamos. Porque ellos –“nuestras” víctimas- no deben tener identidad, ni
inocencia, ni personalidad; no deben tener una causa o creencias, y porque
nosotros hemos matado muchos, muchos más seres humanos que Bin Laden y los
talibanes y al-Qaeda.
Los aniversarios son eventos para la televisión y los diarios, y pueden tener
el hábito horripilante de aunar a la gente en el marco de una funesta
conmemoración. Así conmemoramos la
Batalla de Britania -un episodio caballeresco en nuestra
historia- y el bombardeo de civiles británicos por parte de los alemanes
llamado Blitz en la segunda guerra mundial (un progenitor del asesinato
masivo, por supuesto, pero un símbolo de la valentía inocente) tal como
conmemoramos el comienzo de una guerra que ha destrozado nuestra moralidad, ha
convertido a nuestros políticos en criminales de guerra, a nuestros soldados en
asesinos y a nuestros despiadados enemigos en héroes de la causa
antioccidental.
Y mientras en este sombrío aniversario el Reverendo Jones quería quemar un
libro llamado el Corán, Tony Blair trató de vender un libro llamado “Una
travesía”. Jones dijo que el Corán era “malvado”; algunos británicos se
preguntaron si el libro de Blair no debería clasificarse como “crimen”.
Ciertamente, el 11-S se vuelve fantasía cuando el reverendo Jones puede
acaparar la atención de los Obama y de los Clinton, del Santo Padre y de las
incluso más santas Naciones Unidas.
Quem deus vult perdere, dementat prius…
(Aquéllos a quienes destruirán los dioses enloquecen antes. De la obra Medea,
de Eurípides. Nota del traductor )