Uno de los mantras guías del siglo XX fue la autodeterminación de los pueblos, de las naciones. Ésta fue una creencia que todo el mundo aceptó en teoría. Pero en la práctica fue un asunto muy espinoso, muy poco claro. La dificultad clave está en determinar quién era el sujeto, el pueblo, la nación que debería tener la potestad de determinar su propio destino. Nunca hubo acuerdo con respecto a este punto. En el caso de las colonias, la cuestión era relativamente simple. Pero en el caso de un Estado ya reconocido como Estado soberano, la opinión estuvo muy dividida; fue común que la división fuera violenta. El asunto está en los titulares del momento a causa del referendo en Sudán del Sur, donde el pueblo está votando si desea permanecer como parte de un Estado llamado Sudán o si va a constituir un nuevo Estado separado de Sudán.
En todos los
estados, sin excepción, hay gente en el poder estatal que argumenta lo que se
ha llegado a conocer como la posición jacobina. Afirman que todos los
ciudadanos de ese Estado constituyen una nación, una que ya determinó su
destino. Hablamos de naciones-Estado como si el principio jacobino fuera una
realidad y no sólo una aspiración política. Los jacobinos dicen que el Estado
deber ser reforzado o fortalecido negándose a reconocer el derecho, la
legitimidad de un grupo intermedio (como le dicen) que se yergue entre el
Estado y los ciudadanos. Todos los derechos van al individuo; ningún derecho va
a los grupos.
Al mismo tiempo, en todos los estados, de nuevo sin excepción, hay otros –con
frecuencia llamados minorías– que cuestionan esta idea. Dicen que la posición
jacobina esconde el interés de algún grupo dominante que mantiene sus
privilegios a expensas de todos aquellos que pertenecen a grupos diferentes al
grupo dominante. Las minorías (que con frecuencia, pero no siempre, conforman
de hecho la mayoría numérica de la población), argumentan que, a menos que se
reconozcan los derechos de los grupos, se les está negando una participación
equitativa en el Estado.
¿Qué derechos sienten estas minorías que se les niegan? Algunas veces derechos
lingüísticos, el derecho a emprender asuntos de medios, educativos y legales en
un lenguaje que no sea el lenguaje oficial. Algunas veces, se trata de derechos
religiosos, el derecho a practicar abiertamente una religión que no sea la
reconocida oficialmente, y a llevar a cabo sus asuntos civiles bajo las leyes
religiosas que son parte de su propia religión. En ocasiones se trata de
derechos agrarios, los derechos de los grupos que detentan tierras conforme a
las normas tradicionales que son diferentes de las normas actuales puestas en
efecto por el Estado.
Hay dos estrategias para garantizar los derechos de los grupos minoritarios.
Una es buscar una autonomía reconocida oficialmente en varias esferas de la
vida social y legal. La segunda, si el grupo ocupa zonas geográficas
relativamente compactas, es buscar la secesión, es decir, la creación de un
nuevo Estado. Para muchos grupos, éstas son las alternativas entre las que
podrían moverse. No habiendo conseguido la autonomía, podrían buscar la
secesión. O una vez derrotadas política o militarmente sus aspiraciones a la
secesión, podrían conformarse con la autonomía.
Los kurdos en Turquía y aquellos que están en Irak, habiendo buscado la
secesión, parecen ahora dispuestos a conformarse con la autonomía. Así también
parece ser el caso de los francófonos en Quebec. La gente de Sudán del Sur se está
moviendo en la dirección contraria, como hicieron los kosovares en Serbia.
El punto crucial no siempre es una cuestión meramente interna en un Estado en
particular. Para ser un Estado soberano, uno debe ser reconocido por otros
estados soberanos como una entidad legítima. Hoy, la República Turca del Norte
de Chipre es reconocida únicamente por otro Estado. No puede por tanto unirse a
organizaciones internacionales, aun cuando de facto continúe controlando
su territorio.
Cuando Kosovo proclamó su independencia lo reconoció sólo menos de la mitad de
los miembros de Naciones Unidas. Tenemos que preguntarnos entonces por qué, y
por cuáles estados. Hubo algunos estados de Europa pero también de otros lados
(son notables los casos de China y Rusia) que temían el precedente. Dijeron
que, si los kosovares podían declarar unilateralmente su independencia, grupos
similares en sus países podrían tomar esto como un precedente. Sin embargo
Estados Unidos y ciertos estados de Europa occidental pensaron que la independencia
kosovar de Serbia servía a sus intereses geopolíticos y alentaron a los
kosovares a proclamar su independencia, la cual reconocieron de inmediato, y a
la cual le concedieron asistencia política y material.
Cuando Biafra intentó separarse de Nigeria hace varias décadas, casi todos los
estados africanos respaldaron los esfuerzos del gobierno nigeriano para
suprimir la rebelión militarmente. El principal argumento para hacer esto es
que la secesión de Biafra sentaría un terrible precedente en África, donde casi
todas las fronteras estatales fueron constituidas arbitrariamente por los
poderes coloniales, y de hecho atravesando las líneas étnicas. Los estados
africanos querían conservar sus fronteras existentes, sin importar lo
artificiales que parezcan, como única garantía de su orden colectivo.
Ahora, parece que el referendo en Sudán del Sur producirá un voto abrumador en
favor de la secesión. Y es casi una certeza que los estados africanos que no
reconocieron a Biafra, además de China que no reconoció Kosovo, reconocerán el
nuevo Estado que se está creando. De hecho, incluso el Estado del cual se está
separando está dispuesto a reconocer al nuevo Estado.
¿Por qué? La respuesta es simple. Hay razones geopolíticas para hacerlo. China
está interesada en las futuras relaciones con el nuevo Estado, que será un
gran exportador de crudo. El interés de comprar petróleo parece cobrar
prioridad sobre la preocupación acerca de los precedentes que tendrían los
grupos secesionistas en China. Sudán parece dispuesto a reconocer al nuevo
Estado porque Estados Unidos ha prometido cambios específicos en sus propias
políticas vis-a-vis si Sudán permite que la secesión proceda
pacíficamente. Los estados africanos se ven abrumados por el acuerdo de
facto entre los dos lados de esta controversia. Además, muchos de ellos
simpatizan con los grupos de Sudán del Sur, que son los pueblos nilóticos, que
enfrentan a un gobierno dominado por los pueblos árabes.
En el siglo XXI la opción jacobina está en retirada en la mayoría de los países.
La cuestión real es la autonomía versus la secesión de las así llamadas
minorías. ¿Es una mejor que la otra? No hay una respuesta general a dicha
cuestión. Cada caso es diferente en dos formas. La demografía y la historia
reales de cada Estado son diferentes y por tanto lo que lógicamente es lo mejor
y lo más justo es diferente. En cualquier caso, un nuevo Estado que resulta de
una secesión de inmediato descubrirá minorías dentro de sus fronteras. Y el
debate no termina nunca.
Pero hay una segunda consideración. La cuestión de autonomía contra secesión
tiene consecuencias geopolíticas. Y éstas son cruciales en términos de las
luchas que están en proceso dentro del sistema-mundo como un todo. Todos los
partidos buscan, más bien cínicamente, su propio interés como estados. Su
actuación puede ser bastante opuesta de una situación a otra. Esto es así
porque a los poderes externos les importa primordialmente el impacto
geopolítico de la decisión. Pero es el papel de estos poderes externos lo que
con frecuencia es decisivo.
Traducción: Ramón Vera Herrera
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2011/01/23/index.php?section=opinion&article=020a1mun
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