RAMOS Y SPILIMBERGO SEGÚN HONORIO DÍAZ

Por:
Roberto A. Ferrero

Publicado el 01/12/2010

Decía Methol Ferré que Jorge Abelardo Ramos, “en el fondo, es autor de  un solo libro, desdoblado”, refiriéndose a “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina” e “Historia de la Nación Latinoamericana” como emanaciones bifrontes del libro “América Latina, un país” de 1949. Algo parecido ocurre con al obra del ensayista e historiador de la Izquierda Nacional, Honorio Alberto Díaz: sus libros "Jorge Abelardo Ramos: historia y política” (Plexo, 2008) y “Jorge Enea Spilimbergo: socialismo y nacionalismo” (Plexo 2010) deben ser leídos también como un solo libro, que presenta, analiza y correlaciona el pensamiento histórico y político del socialismo nacional desarrollado por aquellos dos grandes pensadores. Por ellos desfilan, en el orden en que se generaron, los grandes y renovadores temas de la corriente: La revisión científica de la historia, la cultura dependiente repetitiva, las formas del nacionalismo, el doble rol del Ejército en las semicolonias, la cuestión nacional, la teoría de la unidad latinoamericana, los movimientos nacionales, la índole proimperialista de las izquierdas tradicionales y la ultraizquierda, el examen de los partidos políticos, la estructura económico-social, la crítica a la sociología académica, la tradición de la democracia popular y otros.

   Ambos trabajos contienen una exposición clara y razonada de las ideas de uno y otro autor, estando precedido el que se ocupa de Spilimbergo por una cronología y una breve biografía del mismo, pertinente en la medida en que su figura es –injustamente- menos conocida que la de Jorge Abelardo Ramos, respecto al cual voluntariamente ocupó siempre, mientras duró la colaboración entre ambos, un discreto y generoso segundo lugar, tal como Federico Engels lo había hecho con Carlos Marx. En el libro sobre Ramos, Díaz expone las ideas centrales del mismo, contenidas en sus tres obras capitales, que mencionamos arriba. En el de Jorge Enea Spilimbergo, en cambio, se extiende sobre  toda la obra de éste: desde su juvenil “Diego Rivera y el Arte de la Revolución Mejicana” de 1954 (recordemos que era sobrino del gran pintor Lino Enea Spilimbergo) hasta  la magnífica Tesis “Clase Obrera y Poder” del PSIN (1964), pasando por “Yrigoyen y la Intransigencia radical” (1955), “Nacionalismo Oligárquico y Nacionalismo Revolucionario” (1958),  “Juan B. Justo y el Socialismo Cipayo” (1961), y el más formidable y profundo de todos “La Cuestión Nacional en Marx”, que la editorial Coyoacán editó en 1961. En una década, el autor había producido lo fundamental de su obra ideológica. Lo que le siguió fueron actualizaciones, reediciones y artículos polémicos, que ligaban siempre la coyuntura a las corrientes de fondo de la política nacional. Como nuevos aportes posteriores pueden mencionarse sus largos artículos sobre temas puntuales, poco frecuentados por nuestra historiografía socio-política: el subdesarrollo y la guerra civil en EE.UU; la economía del Virreynato; la geopolítica güemesiana en el Norte, etc.

    Apresurémonos a agregar que en los textos de Honorio Díaz que comentamos, el autor no se limita a una exposición sintética, fiel e inteligente del contenido de los libros que estudia, sino que además enriquece nuestra meditación con diversos abordajes históricos y teóricos: una severa y aguda crítica a la historiografía académica (José Alberto Romero, Tulio Halperín Donghi y otros); un análisis de los aportes de Enrique Rivera (del grupo “Frente Obrero”), que serían tomados sin reconocer paternidad en las sucesivas ediciones que de sus libros criticados hizo Ramos; una recepción medida y a la vez criticada –especialmente sobre el bonapartismo- de las opiniones de Hernández Arregui sobre las tesis de Ramos; una debida contextualización de la temática de cada libro –más sobre Spilimbergo, menos sobre Ramos- y del momento histórico en que fueron escritos; y la culminación de cada capítulo con un resumen ajustado y ordenado –en ambos libros- de las ideas que acaba de exponer antes, “síntesis y valoración”, como las llama el propio Díaz, muy útiles para que el lector vaya aclarando y consolidando sus conocimientos a medida que avanza en la lectura.

   No hay tampoco en Honorio Díaz, pese a una común matriz ideológica, ninguna voluntad apologética respecto de sus “bio-bibliografiados” -digamos así-, sino, por el contrario, una visión crítica que le permite, desde el interior mismo de la corriente de ideas que todos integramos, advertir insuficiencias en las explicaciones o carencia de abordajes a aspectos imprescindibles de nuestro devenir, proponiendo a la vez su propia explicación y perspectiva. Podemos anotar en este espacio diversas y pertinentes reflexiones: A Spilimbergo, por ejemplo, le hace presente la ausencia de un tratamiento desarrollado del nacionalismo democrático, cuyo paradigma fue FORJA; la falta de distinción entre los aportes de Marx-Engels y de Lenín-Trotsky a la teoría de la cuestión nacional; y la omisión de “las dificultades y fracasos del liberalismo para brindar un concepto certero de la nación”. (En compensación, nosotros señalaremos que el inolvidable “Spili”, aparte de las otras conquistas teóricas que le reconoce Díaz, fue quien creó en 1964 la categoría de “clase capitalista pero no burguesa” para explicar a la oligarquía argentina, concepto que -por apropiación o por casualidad- el famoso marxista británico Perry Anderson aplicó a la aristocracia terrateniente inglesa pocos años después).        En cuanto a Ramos, le señala –con la benevolencia de quien sabe que está analizando una obra primeriza- los errores de un exagerado anti-morenismo y antiroquismo en su  libro “América Latina, un país”, limitaciones que superaría en su segundo gran libro merced a las influencias conjugadas de Enrique Rivera y Alfredo Terzaga. Resulta interesante establecer que este primer libro fue negado como una obra de carácter marxista por parte de Norberto Galasso, mientras que Díaz lo acepta como tal pese a sus errores de apreciación: Ramos –escribe  Díaz- en esa obra “procuraba articular una crítica desde el marxismo”, y agrega que el proyecto “no resultó infructuoso”. También le indica a Ramos –en línea con las observaciones de Hernández Arregui- que su tesis sobre la progresividad histórica y el carácter nacional del General Roca y la Generación del 80 “es errónea”.  Díaz la rectifica en unos párrafos que creemos acertados en general: “Toda la positividad del movimiento que acompañó al tucumano a la presidencia está relacionada con el desplazamiento político del mitrismo tan bien caracterizado por Ramos. Pero la gestión económica quedó signada por la ratificación de la vinculación con el mercado mundial en los términos diseñados por gobiernos anteriores. El modelo agroexportador entró en plena vigencia  desde su primera presidencia y en la segunda se consolidó la producción agrícola para convertirnos en importantes proveedores –a nivel internacional- de carnes y granos. Pero esa productividad -indica Díaz- significaba el abandono del crecimiento industrial, el agravamiento de las deterioradas relaciones interregionales con perjuicio del interior mediterráneo, la consolidación de los términos de dependencia en una semicolonia, sólo privilegiada hasta la crisis de 1930. La generación del Ochenta no aparece como la más argentina, pues construyó el modelo de país que estaba al servicio de la oligarquía capituladora. Si en su llegada al poder no eran oligarcas (¿pertenecían al patriciado?) prontamente se integraron a la oligarquía. La política elitista y antidemocrática aplicada no fue modificada por sus continuadores y descendientes, dedicándose sólo a perfeccionar el régimen prescindente de la voluntad popular”. Podríamos matizar esta posición agregando que los méritos de Roca y su generación no se reducen a la derrota política del mitrismo porteño y antinacional, sino que reconocen otras realizaciones fundacionales de la Argentina moderna, más allá del carácter semicolonial que se le imprimió: la Conquista del Desierto, la inmigración ultramarina de masas, la secularización de las instituciones y  la capitalización de Buenos Aires.  Finalmente, Díaz pone de relieve otras carencias notables de la obra de Ramos: un déficit en el señalamiento de las diferencias entre Hispanoamérica y el Brasil hasta el siglo XX; una ausencia de profundidad en el estudio de la experiencia cubana; y una caracterización al menos ambigua del modo de producción dominante en Latinoamérica colonial al calificarlo como “capitalismo comercial”.  

   Las ideas de Ramos y Spilimbergo, sin duda, son las dos vigas maestras de un pensamiento en definitiva unitario, generalmente transcurridas en paralelo, pocas veces en disidencia y casi siempre complementándose unas a otras. Díaz lo demuestra poniendo en relación y contrastando ambos pensamientos, unas veces de modo tácito y otras en forma expresa. Tácitamente, cuando señala la omisión de Spilimbergo de tratar el nacionalismo democrático, que Ramos subsanará en sus libros de acuerdo a lo que había proclamado enfáticamente: “Ha sonado la hora de restaurar una tradición trunca: la tradición de un nacionalismo democrático revolucionario”. Y expresamente cuando, por ejemplo, señala que  “Spilimbergo no cae en algunas exageraciones de Ramos” respecto a Roca y la Generación del 80. El ensayista porteño es un expositor ameno, pero también un crítico severo y perspicaz.

   No obstante todos estos señalamientos -hechos siempre con seriedad, sin la pluma envenenada de muchos críticos del “abelardismo” (Vazeilles, Omar Acha, Devoto, etc.) pero también sin actitudes hagiográficas- el balance final que realiza Díaz respecto a ambos pensadores de la Izquierda Nacional es ampliamente positivo. Por lo demás, considerando que esta concepción histórico-política es un ámbito en constante progresión y acumulación gracias a los aportes de quienes han continuado la tarea de los Fundadores,  no se priva el autor de mencionar generosamente a cada uno de ellos y sus respectivas contribuciones.

 

   Completemos estos comentarios recordando que Honorio Díaz ha tratado también estos temas -desde otra óptica- en su libro “La Cuestión Nacional”, editado en 2009, y otros semejantes en “Jauretche desde Jauretche”. Es autor también de otro magnífico trabajo: “Historia y Contrahistoria”, donde estudia el desarrollo de la historiografía argentina y desmonta, pieza por pieza, las mentiras de la historia oficial y de la Historia Social (variante disimulada de aquélla), debatiendo de igual a igual con los popes de estas corrientes, armado de todo el bagaje “científico”, tan grato a la academia, y cuya falta de implementación le era imputada al Revisionismo Científico para descalificarlo y para expulsar a sus cultores de entre la tribu de los historiadores.

   Conviene leer -y con atención- la producción de Honorio Alberto Díaz.

 

                                                               Córdoba, 18 de noviembre de 2010.

 

DISTRIBUYE. CENTRO DE ESTUDIOS PARA LA EMANCIPACION NACIONAL (CEPEN). Roberto A. Ferrero, Presidente.